Los argentinos tenemos un problema con
ciertas novedades. Les tememos. Hay una propensión a descubrir antes los
costos que los beneficios. Desconfiamos del cambio, hasta que éste surge
por mera reacción.
Puede que nuestra
peculiar historia de sociedad en la que los nietos tenemos menos optimismo que
el que tuvieron nuestros abuelos explique algo de esto
El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor
de lo que son.
Al revés, el mundo vive de novedades,
movimientos, disrupciones. Por eso avanza en la vacuna contra el COVID-19,
sustituye tradicionales automóviles por nuevos eléctricos y sin conductor
humano, digitaliza la industria alimenticia, usa impresiones 3D en la medicina,
crea indumentaria inteligente, creen que es posible conquistar Marte, curar el
cáncer o, simplemente, hacer más fácil la vida a las personas. Eso es
evolucionar.
Ante los cambios uno
puede sorprenderse, protagonizar, involucrarse, resistir o padecer.
Fue
así que en los últimos meses la pandemia/cuarentena puso a muchos por la fuerza
(es la forma en la que solemos relacionarnos con los cambios) ante la
multiplicación del comercio electrónico, la educación a distancia, el
teletrabajo y el e-banking.
Pero
el mundo había empezado antes: las ventas por e-commerce
equivalían ya en el año 2019 al 32% del PBI en el Reino Unido, 42% en EEUU, 66%
en Japón; y en promedio en todo el mundo al 30% (1.500 millones de
personas compran on-line en el planeta).
El número de productos
nuevos que se intercambian en el comercio internacional ronda el 68% del
total (en 1996 apenas superaba el 15%). Dos tercios de lo que hoy se
comercia entre países no existía cuando asomaba el fin del siglo XX.
La modernidad es aliada de la globalidad,
la innovación, la invención y la disrupción. Los países que logran los cambios
son los que crean un consenso sobre la necesidad y la ventaja de esas
mutaciones.
En la última edición del Índice
Mundial de Innovación Argentina ocupa apenas el lugar 73 entre 129 países
medidos; debajo de muchos de la región como Chile -el mejor rankeado-, México,
Costa Rica, Uruguay, Brasil, Colombia y Perú
Los 5 mejores del mundo son Suiza, Suecia, EEUU,
Países Bajos y Reino Unido.
En 50 años…
Argentina perdió la mitad
de su participación en el comercio transfronterizo mundial.
En
esta etapa de la globalización la
novedad es un requisito y la creación de ambientes que favorezcan la inversión,
el crecimiento de empresas “cognitivas” y supranacionales un presupuesto.
Porque innovar no
es hacer lo mismo que otros pero mejor, sino hacer lo que otros aún no han
hecho
Pero para ello se requiere un ambiente
regido por instituciones (y no politizaciones), normas permanentes (y no saltos
al vacío), orden económico y una profunda y consolidada prevalencia de la
autonomía creativa de actores espontáneos (personas, familias, organizaciones,
empresas). Los cambios ocurren mejor donde hay autonomías.
Las empresas que
prevalecen son las que desarrollan la capacidad de anticipación
Pero para que ello ocurra se requiere una
profunda mutación de la política, que de sobrerregular por temor a los acuerdos
contractuales debe pasar a confiar en los vínculos relacionales creativos y espontáneos.
Al contrario, en
Argentina hemos caído una y otra vez en el temor ante lo nuevo: restringir,
obstruir, impedir.
El sistema basado en permisos pendientes
debería dejar lugar al de emprendimientos responsables. Tenemos ejemplos de
esta dificultad en la nueva ley de teletrabajo, que cae en tantas contradicciones
como que pone horarios fijos para las prestaciones. Y en los permanentes impedimentos
a importaciones que han hecho que las compras en el exterior de bienes de
capital y sus piezas (máquinas que modernizan la producción) sean hoy 55% menores que en el 2010.
Además del mantenimiento de un sistema
impositivo desincentivador que rompe la relación iniciativa-premio. En estos
días se está discutiendo una modificación del Impuesto a las Ganancias para
aliviar asalariados formales, mediante
la suba del Minino No Imponible, es muy justo en contexto de inflación, caso
contrario la base de los contribuyentes aumenta solo por incrementos de
salarios, con lo cual sería razonable atar los mínimos a los índices de
inflación. Porque es un error poner montos nominales con inflación elevada. Es
aún más grave subir la alícuota para las empresas, cuando el mundo tiende
a bajarlas y encima nuestro costo financiero (riesgo país) está por las nubes. La modificación de las alícuotas de
Ganancias para empresas procura dotar de cierta progresividad, algo inédito en
el país.
La
Argentina pasará a tener una alícuota máxima del impuesto a las Ganancias
empresarias de las más altas del mundo, si es que ya no es la más alta: 40%
versus el 28,1% promedio en Latinoamérica y el 23,7% promedio en los países de
la OCDE
La
Argentina tenía (hasta esta nueva ley) la segunda carga tributaria sobre
empresas más alta del mundo según el Banco Mundial. Solo era superado por el
poco conocido Comoro (una isla en el Océano Índico). A partir de la sanción de
la reforma pasaremos a ocupar el primer lugar.
Ni
Venezuela se atrevió a tanta voracidad fiscal anti inversión y anti empleo
Mientras en el planeta, desde que se inició el siglo,
avanza un movimiento que redujo la tasa corporativa en promedio un 20%.
Tenemos también el pesado régimen
cambiario (cepo incluido) y los tributos a la exportación que ponen barreras
para la participación en la producción trasfronteriza, las dudas en el
acompañamiento al Mercosur en su búsqueda de tratados internacionales con otros
mercados y la dificultad para desregular la legislación laboral y -dicho sea
de paso- el tratamiento de la pandemia responde a la misma matriz.
No debe extrañarnos,
luego, que en Argentina la tasa de inversión (la sabia de la modernización) sea
solo alrededor del 13% del PBI (poco más de la mitad del promedio mundial).
Sin lugar a dudas Argentina es un país muy
cerrado y la explicación de eso es que es muy hostil a la inversión y al
comercio.
Ahora
bien, ¿Cómo recomponemos la relación con el mundo?
Sin lugar a dudas es a través de las
Exportaciones y las Importaciones …
Si aumentaran las exportaciones habría más ingreso de divisas, y
aunque se mantuviera la infame obligación de entregarlas al BCRA,
conllevaría una sana emisión de dinero.
Es muy
distinto emitir sin respaldo, que emitir para comprar dólares provenientes de
las exportaciones
El activo y el pasivo del
BCRA se mueven de la misma manera cuando hay compra de divisas, tema clave para evitar emisión espúrea.
Si aumentaran las exportaciones,
habría ingreso de divisas con lo cual se pueden pagar importaciones o deudas.
“Algún día
volveremos a poder ahorrar libremente en la moneda que se desee”
Pero hasta tanto se
recomponga la situación sería muy
tranquilizador saber que hay reservas para poder pagar importaciones y deudas.
Si además más pronto que tarde se permite el libre acceso de privados, estaríamos
también solucionando los movimientos de capitales.
Si a todo
esto le agregamos una política monetaria autónoma
Sería una situación muy
diferente a la actual, donde el BCRA financia el déficit fiscal. Reitero que
una cosa es emitir por compra de divisas (hay un activo en dólares) y otra para
financiar al Tesoro (que entrega un papelito que dice que no sabe si algún día
pagará).
Dejemos
entonces ese objetivo para más adelante cuando Argentina logre un contundente
crecimiento y “pueda dejar flotar el tipo de cambio”
Orientar el país a las exportaciones
define prioridades en la infraestructura apropiada, por ejemplo con más
escuelas, caminos rurales, infraestructura portuaria y más conectividad.
En lugar de ver como se
inaugura un estadio de fútbol en una provincia que tiene una lista interminable
de necesidades.
La educación pasa a tener un rol absolutamente
prioritario, se dirigirían recursos a lograr avances tecnológicos en lugar de
mantener el statu quo en poblaciones vulnerables.
Por supuesto, las exportaciones tienen grandes ventajas
sociales al dar trabajo en todo el país y no solamente en las oficinas
burocráticas de los distintos gobiernos o generando cada vez mayores
aglomeraciones urbanas.
Al exportar bienes y servicios
también se importarán bienes de capital, insumos y tecnología que no se justifican
fabricar aquí por costos o patentes. También se podrían importar servicios
financieros con menor costo que los locales.
El sector externo debe crecer en Argentina, y mucho. Debemos trabajar para lograr un
salto en la calidad de vida.
Exportar es la única forma que
cierren las cuentas. Es la mejor forma de tener un motor de crecimiento.
Aunque
tengamos que escuchar…
Los dichos de una diputada
nacional oficialista, en los últimos días, relativos
a que es una desgracia y hasta una maldición que Argentina sea un relevante
exportador de alimentos no irrumpen descolocados. Provienen de una
representante política de una fuerza (en el gobierno) que en pocos meses
impulsó (sin éxito) la estatización de una importante empresa exportadora de
granos, coqueteó antes con la idea de la vieja junta nacional de granos, elevó
en su hora impuestos a las exportaciones de productos de origen agropecuario,
mantiene una brecha cambiaria que reduce el precio percibido por productores
exportadores, restringe el acceso a bienes importados para la agroproducción y
prohibió temporariamente exportaciones de maíz.
Se
debería entender que…
No hay divorcio entre abastecimiento
doméstico e internacional, tal como lo muestra el hecho de que los países
más exportadores son los que mejor abastecimiento interno logran (entre
ellos Estados Unidos, Alemania. Países Bajos y Japón). E incluso es falaz el argumento de que ser exportador de alimentos
afecta el consumo doméstico cuando se constata que la mitad de todos
los alimentos que se comercian internacionalmente en el planeta son exportados
por la Unión Europea y Estados Unidos.
En verdad, hay otra
desgracia efectiva y no hipotética (entre otras) entre nosotros y ella es la escasez
de dólares
Argentina tiene el sector exportador agroalimenticio que aporta
más de 40.000 millones de dólares anuales por ventas externas y demanda por
el contrario muy pocas importaciones (unos 8.000 millones anuales de dólares). Por ello es el único rubro que genera un
holgado superávit externo intrasector obteniendo dólares netos que los
demás rubros productivos no generan (son deficitarios -porque importan más
que lo que exportan- las manufacturas industriales; los minerales, energía
y combustibles; y los servicios).
Es curioso que un país que computa más
fracasos que éxitos se apiade tanto de sus fracasos y lamente los efectos de
sus virtudes. Que se tema tanto a los efectos riesgosos del éxito y se
desatienda tanto a las consecuencias negativas del error. Quizá es esa manía la que impide el salto económico por tantos años
esperado.
Es totalmente posible una Argentina mejor,
desde que nos comprometamos todos con
ese objetivo, Argentina tiene todo para ser un país increíble. Pero depende de nosotros, en las próximas
elecciones no votemos al menos peor, votemos al que nos represente.
Muchas
gracias y hasta la próxima.
https://mariobellino.blogspot.com/2021/02/sin-insercion-internacional-no-hay.html
https://mariobellino.blogspot.com/2020/06/comercio-exterior-y-competitividad.html

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